No es cuestión de peso!!!
- pascualdepietro
- 11 ene
- 6 Min. de lectura
En los últimos años ha ido creciendo en relevancia el concepto de composición corporal como información fundamental y básica para determinar nuestra condición de salud..
Pero qué de qué se trata la Composición Corporal?
El cuerpo humano no es una estructura homogénea, esta compuesto por distintos componentes, cada uno de ellos cumpliendo un rol específico y fundamental y que además interactúan entre ellos.
Podríamos describir nuestra composición corporal de diversas formas pero, para facilitar su comprensión y aplicación diaria diremos que básicamente nuestro cuerpo esta formado por 3 grandes compartimentos: la masa grasa, la masa libre de grasa o masa magra que incluye el músculo, piel, hueso y otros tejidos que no son grasa, y agua .
El análisis de la composición corporal se refiere a identificar qué proporción del cuerpo corresponde a grasa, músculo, hueso, agua y otros tejidos, en lugar de considerar solo el peso total.
Modelos más avanzados cuantifican cuatro componentes fundamentales: agua, proteínas, minerales y grasa corporal. En esencia, conocer la composición corporal significa saber cuánto de nuestro peso es grasa y cuánto es masa magra (músculos, órganos, huesos, etc.), lo cual brinda una imagen mucho más detallada de la salud que el peso o el IMC por sí solos.
Composición corporal versus peso e IMC: un mejor indicador de salud
Dos personas con la misma estatura (1,70 m), peso (68 kg) e IMC (~23,5) pueden tener composiciones corporales muy distintas. En la figura, la persona A (izquierda) tiene un porcentaje de grasa corporal significativamente mayor, mientras que la persona B (derecha) posee más masa muscular.


Este ejemplo ilustra que el peso corporal, si bien es un dato antropométrico útil, no determina por sí solo si alguien está en condición física saludable. Incluso el índice de masa corporal (IMC), que relaciona el peso con la estatura, resulta insuficiente para evaluar la salud: dos individuos con el mismo IMC pueden tener estados físicos muy diferentes debido a variaciones en su grasa y músculo. En la práctica, una persona musculosa podría tener un IMC alto sin un exceso de grasa, mientras que otra con peso “normal” podría ocultar un porcentaje de grasa elevado (lo que se conoce como “obesidad de peso normal”) y correr riesgos metabólicos considerables. Esto se debe a que el IMC no distingue la composición corporal ni la distribución del tejido adiposo.
En términos de salud, la composición corporal es más relevante que el peso o IMC. Lo crítico no es cuánto pesa una persona, sino cuánta grasa corporal tiene y dónde se localiza. Un exceso de grasa corporal –especialmente la grasa visceral que se acumula alrededor de los órganos– se asocia fuertemente con problemas cardiovasculares y metabólicos como la diabetes tipo 2 y la dislipidemia. De hecho, el nivel de grasa visceral es uno de los parámetros con mayor correlación con el riesgo cardíaco; hoy en día, incluso se puede estimar la grasa visceral mediante análisis de composición corporal (por bioimpedancia) para evaluar el riesgo y tomar medidas preventivas. Por otro lado, una masa muscular adecuada contribuye al metabolismo saludable y a la funcionalidad física, algo que el peso total no refleja.
Medir la composición corporal también ayuda a monitorear cambios de peso de forma saludable. Por ejemplo, en planes para bajar de peso es fundamental asegurar que la pérdida provenga mayormente de grasa y no de músculo. Un seguimiento de la composición corporal permite verificar esto y ajustar la dieta o el ejercicio según sea necesario. Del mismo modo, en personas que hacen ejercicio o deportistas, analizar la composición (porcentaje de grasa, masa muscular en distintas regiones) sirve para evaluar si el entrenamiento está dando resultados en desarrollo muscular. En adultos mayores, conocer la composición corporal ayuda a detectar y prevenir la pérdida de masa magra (sarcopenia) y la salud ósea, permitiendo intervenciones para mantener la musculatura y la densidad ósea y así evitar osteoporosis o fragilidad.
En resumen, determinar la composición corporal proporciona una visión mucho más completa de la salud que los criterios clásicos de peso o IMC. Es una herramienta valiosa para personalizar estrategias nutricionales y de ejercicio, e identificar riesgos a tiempo, mucho más allá de lo que revela la báscula.
Una nueva definición de obesidad basada en la composición corporal
Dado lo anterior, la comunidad médica ha ido replanteando la forma de definir la obesidad. Tradicionalmente, se ha utilizado el IMC: una persona con IMC ≥ 30 kg/m² se clasifica como obesa. Este criterio, aunque simple, no distingue cuánto del peso es grasa ni considera la distribución de esa grasa. Por ello, actualmente se propone definir la obesidad por el exceso de adiposidad más que por el peso total. La obesidad, en esencia, es tener un porcentaje de grasa corporal tan alto que afecta negativamente la salud.
Cada vez más expertos sugieren que un alto porcentaje de grasa corporal debe ser el indicador clave. Por ejemplo, una clasificación empleada en nutrición considera obesidad cuando los hombres tienen 25% o más de grasa corporal y las mujeres 32% o más, independientemente del peso total. Esto reconoce las diferencias biológicas (las mujeres requieren mayor porcentaje graso esencial) y pone el foco en la composición. Asimismo, se ha descrito la “obesidad de peso normal” para referirse a individuos cuyo IMC está en rango normal pero que presentan un porcentaje de grasa elevado y, por ende, riesgos metabólicos similares a los de la obesidad clásica. Este fenómeno evidencia las fallas de usar solo el IMC: personas con peso aparente normal pueden pasar desapercibidas pese a tener exceso de grasa, y por el contrario, personas con mucha masa muscular pueden ser etiquetadas como “obesas” por IMC sin serlo realmente.
Frente a estas limitaciones, nuevas definiciones de obesidad combinan medidas antropométricas y de composición corporal. Un consenso internacional de expertos publicado en 2025 desaconseja emplear únicamente el IMC para diagnosticar obesidad, recomendando confirmar la adiposidad excesiva mediante métodos directos o indicadores adicionales. Por ejemplo, la Asociación Europea para el Estudio de la Obesidad (EASO) propuso en 2024 un marco donde, además de IMC ≥ 30, se diagnostique obesidad si una persona tiene IMC > 25 junto con un perímetro cintura/altura elevado (>0,5) y presenta complicaciones médicas atribuibles a la grasa corporal. Este enfoque reconoce que el IMC es solo un marcador de tamaño corporal y no refleja la composición (porcentaje de grasa vs. músculo, nivel de hidratación), ni la distribución del tejido adiposo o la calidad de la masa muscular – todos factores que influyen en la salud. En lugar de ello, incorporar la medida de la cintura (indicador de grasa abdominal) o directamente la medición de grasa corporal mejora la identificación de quién realmente tiene un exceso adiposo perjudicial.

¿Por qué es significativo este cambio para la salud pública? En primera instancia, permite detectar antes a las personas en riesgo. Al evaluar obesidad por porcentaje de grasa o medidas como la cintura, se pueden identificar individuos con alto riesgo metabólico aunque su peso no sea muy alto. Estos casos – que antes podían ser ignorados por tener IMC < 30 – incluyen, por ejemplo, a muchos con síndrome de “obesidad oculta” o distribución central de la grasa. Detectarlos tempranamente facilita intervenir con educación nutricional, ejercicio y cambios de estilo de vida antes de que desarrollen diabetes, hipertensión u otras complicaciones. De hecho, el nuevo concepto de “obesidad preclínica” apunta a eso: definir a quienes tienen exceso de grasa corporal sin síntomas aún como población de alto riesgo que merece seguimiento y medidas preventivas inmediata.
Por otro lado, redefinir obesidad en términos de composición corporal mejora la precisión diagnóstica. Se evitan diagnósticos erróneos en personas sanas y atléticas con IMC alto pero poca grasa (a quienes el IMC clasificaba como obesos indebidamente), y simultáneamente se incluye a quienes necesitan atención pese a tener IMC “normal”. Esto ayuda a destinar recursos de salud pública y mensajes preventivos a quienes de verdad los requieren. En términos poblacionales, medir la circunferencia de cintura o el porcentaje de grasa puede ser más revelador de la carga futura de enfermedad que solo contar índices de masa corporal. Así, las políticas de salud pueden refinarse para enfocarse en la calidad del peso de la población (composición) y no solo en la cantidad.
En conclusión, conocer la composición corporal es fundamental para una comprensión completa de la salud. Nos enseña que no todo peso de más es igual – ganar músculo no es lo mismo que ganar grasa – y que estar “en forma” va más allá de lo que marca la báscula. Al adoptar indicadores de composición corporal (porcentaje de grasa, distribución de la grasa, masa muscular) tanto en la práctica clínica como en las guías de salud pública, podemos evaluar mejor el riesgo de enfermedades, personalizar tratamientos nutricionales y fomentar intervenciones más efectivas para mejorar la salud de la población. La nueva definición de obesidad basada en adiposidad es un paso en esa dirección, poniendo el foco donde debe estar: en la grasa corporal excedente y sus consecuencias, más que en un simple número de IMC. Esto, sin duda, repercutirá positivamente en prevenir y manejar la obesidad con mayor precisión y empatía en los años por venir.
Fuentes: La información de este informe se basó en artículos de divulgación médica, publicaciones especializadas y la experiencia del autor Estas fuentes respaldan la relevancia de la composición corporal como indicador de salud y los avances en la definición y evaluación de la obesidad basados en la proporción de grasa corporal.
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